Literatura, Psicoterapia

¿Son los cuentos algo más que inocentes fantasías para niños?

 

Ancho, alto y profundo es el reino de los cuentos de hadas y lleno todo él de cosas diversas: hay allí toda suerte de bestias y pájaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegría, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. Ancho, alto y profundo es el reino de los cuentos de hadas y lleno todo él de cosas diversas: hay allí toda suerte de bestias y pájaros; mares sin riberas e incontables estrellas; belleza que embelesa y un peligro siempre presente; la alegría, lo mismo que la tristeza, son afiladas como espadas. (J. R. R. Tolkien)

 

El joven discípulo de un sabio filósofo llegó a casa de éste y le dice:

-Oye, maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…

-¡Espera! lo interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar por los tres filtros lo que vas a contarme?

… -¿Tres filtros?

-Sí. El primero es la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No. Lo oí comentar a unos vecinos……

-Al menos lo habrás hecho pasar por el segundo filtro, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

-No, en realidad no. Al contrario…

-¡Ah, vaya…! El último filtro es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces………dijo el sabio sonriendo, si no es verdadero, ni bueno ni necesario, enterrémoslo en el olvido.

Piensa en ello, si quieres…..

 

Las primeras manifestaciones literarias se memorizaban y se trasmitieron oralmente de generación en generación. Estas composiciones se difundian oralmente pues pocas personas sabían leer y escribir y su difusión tenía lugar en grupo. A través de ellas se incorpora al individuo al grupo familiar y social.

Gracias al habla se recuerdan los ascendientes, los héroes tribales, las grandes gestas del clan, se transmiten los valores y se restringen las conductas contrarias al bien común. Los relatos son arquetipos.

Un arquetipo es un modelo o ejemplo de ideas o conocimiento del cual se derivan otros tantos para modelar los pensamientos y actitudes propias de cada individuo, de cada conjunto, de cada sociedad, incluso de cada sistema. Arquetipo es un sistema de palabras, ideas, ideales, o pensamientos, que siguen una conducta regular, envueltos en su propio paradigma; incluso se usan arquetipos para modelar el propio camino, para abrirse campo en un medio de ideas abstractas, poco entendibles o ininteligibles, solamente guiados por sus propios pensamientos y creencias.

El relato tiene magia. Es capaz de estremecer lo más sensible y recóndito del ser humano, mueve las fibras más inaccesibles en medio de la cotidianidad. Aunque ante la mirada infantil y superficial pareciera trivial e insignificante, para Jung,  llevado por la  filosofía oriental, el relato revela la proyección de los elementos más profundos del inconsciente colectivo de la humanidad (Ginger, 2007, p. 83).

Los relatos breves pueden servir para confirmar, modificar o cuestionar las ideas, actitudes, creencias, opiniones, comportamientos y habilidades de la gente, además de influir en su determinación o su resolución.

Para Chesterton existe la “lógica” que viene del país de las hadas –el sentido común-, y dice refiriéndose a sí mismo: “Fue en mi cuarto infantil de juegos donde aprendí mi primera y última filosofía, aquella en que creo con inquebrantable certidumbre…Me interesa un modo determinado de ver la vida que germinó en mi gracias a los cuentos infantiles, pero que desde entonces los hechos escuetos han ratificado sumisamente” (Jaramillo, 2003, p.81).

Los relatos estimulan los dos hemisferios cerebrales del neocórtex. Las palabras, la lógica interna y su expresión, se estimula el hemisferio izquierdo; por la creatividad, coherencia, símbolos y configuración de pautas que encuentran su expresión a través del tono y la emoción, se estimula el hemisferio derecho. Cognitivamente, se producen los enlaces de contenidos de dos historias, la que se cuenta la persona y la que cuenta el terapeuta, la que viene de fuera y la que sale del interior. La verosimilitud provoca la superposición de imágenes, generando la identificación (Ceberio, 2007).

El cerebro, es además,  un sistema generador de sentido que busca activamente una conclusión, un “cierre” apropiado para la experiencia; de modo que pueda consumarse la “gestalt”, la interrogante. El individuo, recuerda mejor la información incompleta cuando el mensaje se interrumpe en un momento crítico, que aquellas experiencias que hemos logrado concluir. A este fenómeno se le conoce con el nombre de efecto Zeigarnick, en honor a su descubridor Bluma Zeigarnik. O efecto Scheherezade, recordando a la mujer de “Las Mil y Una Noches” que salvó su vida del sanguinario rey Shariar a razón de mantener su atención e interés con sus relatos (Núñez, 2007, 90). Las situaciones inconclusas pueden ser postergadas y enviadas al fondo de nuestra consciencia y se van a quedar ahí un tiempo, pero tarde temprano lucharán por ser atendidas en busca de solución. Un buen ejemplo es la estrategia utilizada habitualmente al final de cada episodio de culebrones televisivos.

De esta forma, su poder curativo opera a nivel consciente e inconsciente, transmitiendo “mensajes” de forma directa e indirecta. Es la conexión con el inconsciente lo que cuestiona y perturba nuestro sentido habitual de nosotros mismos y de nuestra propia identidad, nuestras actitudes programadas, nuestros mapas rutinarios del mundo. O, por el contrario, los confirma.

Los relatos están fuera del tiempo y el espacio. Las parábolas, un koan  o una historia sufí influye los valores, actitudes y contextos contemporáneos. Los relatos permiten relacionar el pasado con el presente y proyectar en el futuro. Por esta razón, permiten revisar y anticipar el pensamiento y la acción.

Los relatos que nos hacen mella constituyen esencialmente cambios de encuadre. Igual que el mero hecho de cambiar de gafas, los relatos nos permiten contemplar la vida y la experiencia de la misma de una forma diferente.

Y aún cuando el hombre ansía la Verdad, la primera reacción ante ella es de hostilidad y de recelo. Por eso, los maestros espirituales como Buda y Jesús, idearon un recurso para eludir la oposición de sus oyentes: el relato. Ellos sabían que las palabras más cautivadoras que posee el lenguaje son: “Érase una vez…”; “En aquel tiempo…”;  y sabían también que es frecuente oponerse a una verdad, pero que es imposible resistirse a un relato. Vyasa, el autor del “Mahabharata“, dice que, si escuchas con atención un relato, nunca volverás a ser el mismo, porque el relato se introducirá en tu corazón y, como si fuera un gusano, acabará royendo todos los obstáculos que se oponen a lo divino (De Mello, 1991, p.5).

¿Son los cuentos algo más que inocentes fantasías destinadas a entretener infantes? ¿Es posible que estas maravillosas narraciones cargadas de personajes mágicos e irreales puedan aportar mensajes valiosos para los adultos? La respuesta es sí. El cuento es como un espejo mágico que nos invita a penetrar para reconocernos. Contar historias es sanador por sí mismo. Y aunque para la mayoría de nosotros el mundo de los cuentos es el de la infancia, nadie nos explicó que aquellas historias no fueron escritas para dormir a los niños, sino para despertar a los adultos.

 

 

 

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