Actos poéticos, Literatura

Cuentos de amor imposible

Lorenzo Mediano

 El talador de estalagmitas

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A través de mi ventana, contemplo la densa lluvia de calaveras. Es un fastidio, siempre llueve cuando voy a salir. Si fuese una noche cualquiera, me habría quedado en casa: a nadie le gusta andar por la calle cuando llueven calaveras. Pero hoy tengo una cita.

Abro mi paraguas de luna y salgo del portal. Sobre el pavimento yace una golondrina muerta. Suele suceder que algunas mueren cuando la lluvia de calaveras las sorprende lejos de los aleros. La cojo de la punta de un ala y se la doy a la gárgola que vigila mi umbral para que se la coma. Mi gárgola siempre tiene abiertas sus pétreas fauces, esperando que algún pajarillo descuidado se confunda y se meta en ellas. Pasa bastante hambre; por eso, mastica la golondrina en un segundo y gruñe dándome las gracias.

La lluvia arrecia y se hace difícil. Pasa una carroza tirada por caballos, la detengo, me subo en ella y le doy al conductor la esmeralda en la que están grabados el espacio y el tiempo adonde quiero ir. Cuando arranca, me doy cuenta de que me he confundido por culpa de las calaveras: no tiran de la carroza caballos, sino pegasos. Demasiado tarde, ya estamos volando por encima de las nubes y no puedo bajar. ¿Quién iba a imaginarse que una carroza de pegasos pasara por un barrio tan pobre como el mío?

Cuando llegamos al lugar y tiempo marcados por la esmeralda, la carroza se detiene y me apeo. El conductor me exige media alma. ¡Media alma! Un precio desmesurado para un simple pocero de cavernas de la tristeza; pero no es recomendable discutir con un conductor de pegasos. Además, mi paraguas de luna se empieza a sobrecargar de cráneos. Pago el precio requerido por el conductor. ¡Y yo que sólo quería gastarme algunas fragancias de albahaca!

La esmeralda me ha conducido hasta el restaurante Claro del Bosque. Dudo si entrar o no, porque parece bastante caro y yo sólo acostumbro a beber en las tabernas de las Viejas Calles; pero todavía me queda media alma para derrochar, y la esmeralda palpita indicándome que se aproxima la conjunción planetaria.

Nunca he visto tanto lujo: mesas de lapislázuli con pelícanos como mayordomos, desnudeces de precio exorbitante y bebidas en las que vibran sones desconocidos. Intento no parecer demasiado zafio y me siento en una mesa próxima al rincón.

Pronto a parece Selilha cubierta con un impermeable de estrellas de la madruga da. En la puerta, se desnuda y lo deja en el guardarropa, sacudiéndole algunas calaveras que se han adherido. Los cráneos, al caer, producen su típico sonido hueco. Un  criado los barre enseguida para que no molesten.

—Tu piel es magnífica —le digo.

—¿Te gusta? —me responde ella— Prefiero el bronceado de atardeceres, aunque ahora se lleve más la blancura de medianoche. No sé , me siento mejor así.

Coqueta, hace que brote ante nosotros una fuente de aguas limpias donde contemplarse desnuda. Yo suspiro. Aun cuando no esté muy de moda, un bronceado de atardeceres auténticos es demasiado costoso para mí; a lo más que llego es a tomar una ducha de sol después de mi trabajo, para quitarme de encima las telarañas de pena. Trato de no avergonzarme de mi cuerpo.

Un pelícano nos pregunta qué queremos tomar:

—Unas canciones bien hermosas y una jarra llena de olvido —se me escapa, como si estuviésemos en una taberna polvorienta. Selilha se sonroja un poco, y el pelícano se ofende y agita su papada:

—Este local no es de esos. Me temo que se ha confundido —cloquea.

—Déjeme ver la carta, por favor —me salva Selilha—. Hum… Tomaremos unos versos de Antonio Machado, primera época. No muy profundos, todavía es pronto.

—Muy bien, señora — aprueba el pelícano con un gesto de su pico. Cuando se va, Selilha sonríe y me susurra:

—Algún día me llevarás a una taberna de las Viejas Calles para emborracharnos juntos con olvido; pero aquí es mejor mantener las formas.

Nos sirven nuestras poesías en teteras de bronce; y las desmemorias, en azucareros de plata. Mientras esperamos que los versos terminen de bullir y prepararse, se hace el silencio entre nosotros y, sin querer, recuerdo cómo nos conocimos el día anterior.

Yo estaba dedicado a mi trabajo en las cavernas de la tristeza, cortando estalagmitas de melancolía con mi sierra de rubíes rojo sangre, cuando oí a lo lejos un débil gemido , distinto a la habitual y molesta cháchara de los murciélagos. Aunque la mía sea una tarea menospreciada, debo decir que es importante cortar las estalagmitas de melancolía antes de que crezcan en exceso y obstruyan el desagüe de las calaveras cuando llueve. Me dirigí hacia donde se oían los lamentos y vi a una hermosa mujer que, sentada sobre un tocón de estalagmita, se sujetaba un pie herido.

Disminuí el brillo de mi frente para no deslumbrarla. Los poceros tenemos frentes mucho másluminosas que los demás hombres, porque siempre nos movemos por oscuridades. No sirve de mucho en la vida social, salvo cuando hay algún eclipse y las farolas de diamantes dejan de reflejar la luz del sol o de la luna; entonces, alumbramos los cruces de los caminos para evitar accidentes. Pero los eclipses no son muy comunes.

Ella estaba vestida con su impermeable de estrellas de la madrugada. —¡Hola! —la saludé de lejos—¿Puedo ayudarle en algo? Me miró. La luz de su frente, aunque débil para los criterios de un pocero, era de un hermoso color blanco con tonos azulados. —Creo que me he clavado un diente de murciélago en el pie. Verá, soy dibujante de corazones y se me ha escapado un dibujo por el desagüe de la ducha; pensé que mi impermeable de estrellas me protegería de los dientes de murciélago que pudiesen caer del techo…

—Es la primera vez que baja a las cavernas de la tristeza, ¿verdad? De lo contrario, sabría que también hay que llevar los pies protegidos por botas de antracita. Bueno, déjeme ver…Hay que extraer este diente de murciélago antes de que se infecte. No se preocupe, todos los poceros llevamos siempre una aguja de cristal de roca, es lo más útil para sacar dientes de murciélago. Así, quieta…

Ella se estremeció cuando mi cristal de roca extrajo el diente de murciélago, pero no llegó a gritar.

—Siéntese aquí y no se mueva, ya le he dicho que es peligroso andar por estas cavernas sin botas de antracita. Voy a buscarle su dibujo perdido, no puede estar muy lejos. Entorne los ojos, por favor, voy a intensificar al máximo la luz de mi frente.

Su dibujo de corazón yacía en una gatera, pero se lo estaba comiendo un búho de la oscuridad. Todo el mundo teme a los búhos de la oscuridad, porque un rasguño de sus uñas de ajenjo puede matar tras una larga agonía; pero los poceros conocemos bien sus costumbres y sabemos algunos trucos para desorientarlos. Amortigüé la luz de mi frente, me acerqué a él despacio y, de pronto, lo iluminé con toda mi potencia. Aprovechando los ciegos parpadeos del animal, me apoderé de su presa.

—Aquí tiene su dibujo de corazón, señorita; pero el búho casi lo ha devorado todo. Me temo que he llegado demasiado tarde.

Ella lo miró con pena ; al mismo tiempo, también estaba fascinada por cómo me había enfrentado al búho.

—Ha sido usted muy valiente, gracias. Ya que está inservible, tírelo: dibujaré otro. Dudé un momento. —Si no le sirve, ¿puedo quedármelo? —¿Para qué lo quiere, si está deshecho? —se sorprendió.

—Más vale tener un corazón roto, que no poseer ninguno.

Me miró de forma extraña. Yo tenía un aspecto muy poco atractivo con mis botas de antracita y mi capa de plomo para defenderme de los dientes de murciélago; además, llevaba varias horas trabajando y seguro que se me habían pega do muchas telarañas de pena. A pesar de esto, me respondió con amabilidad:

—No se preocupe. Ya le dibujaré uno nuevo. —No podré pagárselo . Mi salario es… —Se lo regalaré, si me ayuda a salir de aquí sin que se me clave nada más. Aun obstaculizado por el peso de mi capa de plomo , conseguí llevarla en brazos hasta su sumidero de tristezas. Antes de despedirse, me entregó una esmeralda verde—esperanza. Puso su mano sobre ella, y se grabó un espacio y un tiempo donde encontrarnos. Yo no pude regalarle ninguna esmeralda, porque no la tengo; además, no la llevaría por las cavernas de la tristeza, por temor a que se me extraviara.

—Adiós —me dijo— . Hasta pronto. ¡Ah! Me llamo Selilha. —Selilha —susurro, mirando los reflejos de la esmeralda. —¿Cómo? — me dice ella. Entonces, me doy cuenta de que estamos en el restaurante Claro de Luna.

—Nada. Estaba pensando sobre cómo nos conocimos.

Empezamos a beber nuestros poemas. Para no parecer demasiado rústico dentro de este ambiente elegante, me pongo las mismas cucharadas de desmemoria que Selilha, ni una más; pero el amargor es demasiado fuerte.

—¿No te gusta? —me pregunta, al ver mi gesto—¿Tal vez un poco más de olvido?

—No, gracias; o quizás sí… cuando no nos esté mirando el pelícano. Pero creo que en estos sitios elegantes se dice desmemoria.

—Entre nosotros: ¡da igual cómo lo llamemos! —sonríe Selilha, con aristocrático menosprecio por las formas.

Ella espera a que el pelícano se distraiga con un nuevo cliente; entonces, como si fuese una niña jugando, echa en mi taza una cucharada de olvido tras otra.

—Basta, basta. Vas a conseguir que me emborrache y no recuerde ni siquiera mi nombre.

Los dos reímos. Le hablo de las bóvedas que hay en las cavernas de la tristeza, donde crecen las estalactitas de ensueños. Todos los poceros guardamos en secreto su localización, porque alguien podría robarlas; pero yo le prometo prestarle unas buenas botas para que pueda venir a verlas. Ella acepta. Estoy tan contento, que los dedos de mis pies también empiezan a hablar. Las personas bien educadas controlan fácilmente sus dedos, porque siempre están desnudas, excepto cuando duermen; pero yo paso casi todo el tiempo vestido con mi capa de plomo y mis botas de antracita. Controlo los dedos de mis manos, porque están cerca; pero los de mis pies, acostumbrados a permanecer ocultos, se comportan de forma insolente. Como estoy un poco borracho, los justifico y me digo que alguna vez tienen que divertirse, siempre aburriéndose dentro de unas botas de antracita. Los dedos de los pies de Selilha contestan a las bromas que los míos les lanzan, a pesar de que no está borracha de olvido, ni lo necesita: por algo es una dibujante de corazones.

Entre risas, me sugiere que salgamos de este restaurante tan formal, con su clientela de alto copete compuesta por ingenieros de sueños, médicos de males perdidos, creadores de palabras, arquitectos de ingenuidades y gente parecida. Salvo dos enamorados que están absortos bebiendo sus poemas de amor, los demás empiezan a mirar nuestros pies con ojos críticos.

Insisto en pagar yo las consumiciones con la otra mitad de mi alma. Apenas me quedarán unos pocos aromas de otoño para pasar el mes, pero en ese momento no importa.

Al salir, comprobamos que continúa la tediosa lluvia de calaveras. Selilha se ofrece a llevarme a mi casa. Le digo que prefiero volver paseando, tal como he venido.

—¿Con este tiempo?

No quiero confesarle que he llegado en una carroza de pegasos, pues me parece presuntuoso para un simple pocero. Al final, acepto su invitación y ella llama a su vehículo. Es un precioso loto púrpura tirado por ocho cisnes negros. Selilha me comenta que prefiere los cisnes negros a los blancos, porque resultan menos vulgares, ¿verdad?

—Verdad.

Cuando nos detenemos en el portal de mi casa, se abre el loto púrpura y mi gárgola gruñe amenazadora al ver que traigo compañía: para eso sirven las gárgolas. Pero Selilha le da unas palmaditas en la cabeza, y se amansa como si fuese un gatito. Hasta mueve su cola de piedra, de manera un tanto ridícula.

—Antes de irme, voy a darte lo que te prometí —Diciendo esto, Selilha dibuja en el aire un corazón precioso. Lo tomo maravillado. Ella se ríe de mi expresión.

—¿Tienes mi esmeralda? Enséñamela —La busco en mi pecho y la saco. Selilha pone su mano sobre ella y se graba un nuevo lugar y un nuevo tiempo para otra cita. —¿Te extraña? —me pregunta. Yo no sé qué contestar—Además de enseñarme las estalactitas de ensueños, tienes que llevarme a una taberna de las Viejas Calles para emborracharnos de olvido. Me lo prometiste.

No recuerdo la segunda promesa — quizás sólo lo insinué (¿o fue ella?)— pero acepto encantado. Selilha me besa en la mejilla y monta en su loto púrpura tirado por cisnes negros. El loto se cierra en torno a ella y los cisnes levantan el vuelo con un grácil aletear.

Me duermo entre suspiros.

Me despierta una mujer tan maquillada, que parece que esté vestida. Ya sé, es una obscenidad, pero es lo que parece. Entonces descubro que aún llevo encima mis sueños y me sonrojo. Le pido que se vuelva mientras me lavo con aire de la mañana y me los quito. Cuando estoy decentemente desnudo, intento interrogarla sin mucha cortesía, pues me irrita su intromisión; además, me siento furioso contra mi gárgola, que la ha dejado pasar. Pero la mujer no me permite decir ni una palabra.

—Creo que nuevamente necesita usted de nuestros servicios. Estoy segura de que quedará encantado con…

—Un momento, por favor —detengo malhumorado su parrafada profesional—. ¿Qué es, en concreto, lo que usted me ofrece?

Ella abre los ojos, como si no creyese que yo fuera tan torpe:

—Tumbas para amores imposibles. ¿Qué si no? Y nuestro precio no tiene competencia: tan solo un dibujo de corazón y una esmeralda verde-esperanza.

—¿Cómo? ¡Ni hablar! Además, yo no les conozco a ustedes, nunca les he comprado nada. La vendedora ríe: —Que usted crea esto, demuestra la bondad de nuestras tumbas: son tan buenas, que puede

depositar en ellas cualquier amor imposible y se olvidará de él casi de inmediato.

Con un gesto, hace aparecer dos lápidas. La primera está tan recubierta de moho y líquenes, que no puede saberse quién yace allí, aunque en su día juré recordar la siempre; pero la segunda…

—¿Quiere que le quite un poco el polvo?

—¡No! ¡Ya basta! —la interrumpo. Demasiado tarde: he podido leer el nombre. La vendedora insinúa un gesto con la mano y las lápidas se desvanecen.

—Ya ha podido comprobar la eficacia de nuestra empresa. Ahora , hablando del precio y de la forma de pago…

—No , esta vez no compraré ninguna tumba para amores imposibles.

—Eso dicen todos al principio, pero luego cambian de parecer. El amor entre una dibujante de corazones y un talador de estalagmitas de melancolía es, con toda seguridad, imposible. Cualquiera puede predecir que será un fracaso y verá como nuestras tumbas…

—¡Gárgola, acude aquí! — invoco, dispuesto a poner fin a esta discusión. Además, me molesta la desnudez tan artificial que lleva la vendedora. Mi gárgola viene andando torpemente por el pasillo. Rompe una baldosa. Todavía lleva entre los dientes algunas plumas de gorrión; me entristezco al pensar que mi gárgola está tan hambrienta, que se deja sobornar por cualquier vendedora a cambio de un miserable pajarillo.

—¿Sí, mi amo? —¡Gárgola, asústala y échala fuera! —¿A ella, mi amo? —la gárgola se muestra reticente, porque a las de su especie no les gusta atacar a quien les acaba de dar comida; pero yo soy inflexible: mi gárgola sabe que si no me obedece, asperjaré sobre ella unas gotas de ácido que quemen su piel calcárea. No soy partidario de maltratar a las gárgolas sin motivo, como hacen algunos para que sean más feroces; pero si una gárgola ni siquiera es capaz de echar a la calle a un vendedor indeseado, entonces ¿para qué sirve?

Mi gárgola extiende sus alas y abre las fauces con un rugido. Por un instante, me siento orgulloso de ella, se diría que es una gárgola come águilas de primera clase; sin embargo, una vendedora está muy acostumbrada a las gárgolas y se ríe:

—Está bien, ya me voy. Pero permítame dejarle una joya con nuestro tiempo y nuestro espacio, por si nos necesita. Estoy segura de que nos llamará.

Tiene la desfachatez de clavar un cuarzo citrino en la pared de mi dormitorio antes de desaparecer con una sonrisa burlona. Despido a mi gárgola, la cual se contonea muy ufana hacia el portal una vez cumplida su misión. Yo miro al cuarzo citrino que, amarillo de pena, está empotrado en la pared de mi dormitorio. Como suponía, dentro de él amanece Saturno: una joya de lo más tétrica.

Paso las horas siguientes tratando de sacarla de la pared, con poco éxito. Maldigo a todas las vendedoras del mundo. Debería haber una ley prohibiendo que cualquiera clavase gemas en las paredes de tu casa sin pedirte permiso. Para eso están las gárgolas, me contestarán. Y los que no podemos pagarnos una gárgola decente, ¿qué? Ya estoy a punto de ir a buscar el dragón escupefuegos de mi maletín de herramientas, cuando mi serpiente se me enrosca a la muñeca para decirme que voy a llegar tarde al trabajo. Miro mi reloj de constelaciones, suelto una interjección un tanto fuerte y salgo corriendo.

En la calle, la gente se fija en mí porque no voy correctamente desnudo. Aunque al levantarme me duché con aire de la mañana, tanto tiempo esforzándome contra un cuarzo amarillo de pena me ha manchado bastante. Me da igual lo que piensen, incluso piso algunos charcos de cráneos descompuestos que quedan de la lluvia de la noche anterior.

Llego a mi trabajo, me calzo las botas de antracita, me cubro con la capa de plomo, cojo mi sierra de rubíes rojo sangre y empiezo a recorrer las salas de las cavernas de la tristeza. Pronto encuentro una enorme estalagmita de melancolía que ha crecido durante la noche. Se levanta justo bajo mi casa, ¡qué casualidad ! Trato de cortarla, pero es muy dura y sudo mucho.

Detengo mi labor, me arranco las botas de antracita y la capa de plomo, y me abrazo a la estalagmita a medio serrar, llorando y dándome por vencido. Y juro que esta vez, por muchos dientes de murciélago que se me claven, que ya se me están clavando, no volveré a comprar ninguna tumba para amores imposibles.

1 comentario en “Cuentos de amor imposible”

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